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| Críticas Argentinas |
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| Escrito por Diego Oscar Durán | |||||
| Martes, 09 de Febrero de 2010 00:00 | |||||
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“La crítica es la razón del ser,
siempre y cuando
no me critiquen a mi”
A.A.
En Argentina hay una deuda muy grande con la sociedad por parte de la mayoría de los gobiernos que han pasado por la administración del país, una deuda que no es fácil de saldar y que muchas veces reabre heridas que creíamos cerradas. Es la deuda que no nos deja ser lo que deberíamos ser y que está presente a través de la historia, -que de alguna u otra manera ayudamos a forjar- parándonos frente al mundo en condiciones a menudo poco favorables. Esta deuda está llena de promesas sin cumplir, de palabras vacías que no llevan a ningún lado y de esperar a que nos brinden la ayuda que solicitamos, la cual nunca llega; es la misma que ha inculcado el sentimiento de que sin protesta, queja o crítica se puede lograr algo. El argentino promedio tiende a criticar y quejarse de los asuntos más diversos –muchas veces sin conocimiento previo y sólo llevado por las masas- con una falsa realidad que en ocasiones lo enceguece y lo pone furioso, casi funesto ante las demás sociedades del mundo. Pero dejando de lado las grandes manifestaciones que se han dado a lo largo de la historia del país (ejemplo: conflicto campo – gobierno), las cuales para algunos son autenticas y para otros no -cuestión que daría para un análisis mucho más amplio y que no es la finalidad de desarrollar aquí- mi intención es reflejar la critica cotidiana, la que hacemos a un empleado público, a la cajera de un banco…y reflejar el por qué esa tendencia a la crítica constante. En un mundo globalizado donde las cosas cambian a una velocidad que no todos pueden comprender – ciencia, tecnología, etc- con la misma facilidad, hay individuos que para no quedarse atrás buscan una excusa que los ponga en un ambiente de protección constante. Esa protección, esa seguridad ante la posibilidad de una embestida cultural, la encuentran en las quejas que por consiguiente se vuelven críticas poco coherentes y a menudo fuera de lugar. Este sentido del ser nacional tiene una razón, y queda claro que es una razón muy poderosa a la hora de no permitirnos aventajarnos en situaciones que creemos nos pueden superar. Según estudios realizados, de los 39 millones de argentinos, los que tienden a ser más quejosos, son personas mayores de 45 años, esto en un país donde la proporción de la población supera los 60 años. De todas formas, se desprende que son las mujeres las que mayor influencia a la crítica infieren hacia los demás -sobre todo a otras mujeres-, y no sólo por temas cotidianos, como puede ser el retraso de los trenes, el no conseguir taxis, el llegar tarde al trabajo, el tráfico, etc.-, sino también por temas más superficiales (moda, belleza, peinados, etc.). Los hombres no se quedan atrás. Aunque representan sólo un 45% de la población, se ha comprobado que son los que tienen un mayor índice a la intolerancia, tanto de otros hombres como de mujeres. El no dejar que cualquier otro individuo nos ponga en condiciones de desventaja y la mentalidad del “yo todo poderoso”, hacen sus apariciones con frecuencia y a menudo es por esa forma de comportarnos que caemos en una nube de inseguridad, la misma que no nos deja razonar con claridad sobre el por qué de nuestra conducta. La intolerancia al sentirnos menos que los demás o sentir que nos dejan de lado, como casi despreciándonos, despierta la fiera interna del ego –por otra lado mal logrado- del ser argentino y hace que nos pongamos a la defensiva y comencemos a engendrar rencores hacia afuera. Son esos rencores los que provocan que la mayoría veamos el baso medio vacío y nunca medio lleno. Esto se refleja claramente en las elecciones. El partido ganador siempre va a recibir críticas por parte de sus rivales, aunque sean críticas sin fundamento alguno. El creernos “estancieros” en un país lleno de “peones”, nos da una soberbia innata en donde la mezcla de étnias y clases marginadas ayudan a crear una falsa ilusión de pertenencia y de control hacia los demás. Pero la realidad nos demuestra que detrás de este aparente control, se esconde una figura vulnerable e insegura la cual nos hace débiles y no es conveniente mostrar. Es la misma desconfianza que tenemos con un empleado público, con una cajera de un banco, con el vendedor de diarios, con el kiosquero de la esquina, con el vendedor de panchos o helados, con nuestros mayores. Es verdad que la historia nos ha demostrado que las quejas son la única forma de que nos presten atención, sobre todo con los gobiernos que hemos conocido, pero también es cierto que la tolerancia hacia los demás, puede ser un arma que bien usada nos dará mejores resultado dentro de un mundo en el que no siempre se puede hacer lo que se quiere en el lugar que se debe.
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